El síndrome del impostor no existe: son los demás

No voy a hablar del síndrome del impostor, sino de qué es lo que lo causa y alimenta. Estoy (bastante) segura de que, en algún momento de tu vida, lo has sufrido y has pensado que era por tu culpa, por no tener la suficiente seguridad, por pensar que aún no estabas a la altura, por no tener una titulación.

Pues no, no era/es culpa tuya, es de los demás. Hala, ya lo he dicho.

Venga, va, admito que hay un componente importante que ayuda a desarrollar el síndrome una vez que los demás lo fabrican: creerse las opiniones ajenas.

Mi experiencia con el síndrome del impostor

En mi trabajo

Durante bastantes años, arrastré el síndrome en mi trabajo. No voy a enrollarme hablando de eso. Lo resumo con un «como no tenía titulación de maestra ni de formadora, aunque era en lo que llevaba mucho tiempo trabajando oficialmente, me daba cosita decir que era profe en presencia de otros profes». El síndrome desapareció en cuanto fui al College y conseguí mi título. Debería haberse ido cuando veía que estaba a la altura de conversaciones acerca de educación o cuando me pedían mis planificaciones para usarlas en sus clases, pero no lo hizo. Sólo el título lo espantó.

En la escritura

No me sucedió cuando decidí tomarme la escritura como algo profesional. Ya venía curtida y aquí no hay titulitis que valga.  Me negué a que esa mala sensación de intrusa me acompañase ni que otros la cargasen a mis espaldas. Porque son los demás quienes te cargan el síndrome, no creas que nace de la nada.

De hecho, el primer artículo de este blog, un artículo muy breve, se titula ¡Soy escritora! Mandando a paseo al síndrome del impostor. La intención no era hacer una presentación formal en el mundo literario diciendo «hola, me llamo Isabel y soy escritora» (aunque sé que algunas personas se lo han tomado así; ay, la comprensión lectora), sino decirme a mí misma que empezaba un camino profesional en la escritura y que me lo tomaba en serio. Era una afirmación para mí, un «ya está, ya no puedo echarme atrás», un dar la patada al síndrome del impostor. Lo conseguí sin ninguna dificultad.

La dichosa titulitis

Como en temas de escritura no hay cursos oficiales ―al menos, en España; en países anglosajones, sí―, las personas atacadas por el virus de la titulitis han tenido que inventarse otros listones con los que invocar al impostor que creen que todos llevamos dentro.

Que si has publicado algo, que si cuánto tiempo llevas escribiendo, que si tú eres ¿amiga de quién?, que si has hecho algún curso de escritura, que si sabes dónde te estás metiendo.

Por experiencia propia, hay quien da por sentado que no tienes ni idea del oficio de escritor y te habla con condescendencia, como pa’tontos, mientras te das cuenta de que podrías darle clases, pero te callas con un amable «sí, eso lo sé, gracias». Por suerte, también hay personas que primero preguntan cuánto sabes y luego te ayudan en lo que pueden.

Esto sólo es una parte de la fabricación del síndrome del impostor que los demás se encargan de crear en ti. Así, cuando te pregunten si eres escritora, tú dirás «no, no, que va, uf, me falta mucho para ser escritora», «me gusta escribir y lo hago desde niña, pero de ahí a llamarme escritora… que va». Cuesta tan poco hacerlos felices.

Pero ¿qué significa ser escritora?

La pregunta del millón. No hay una respuesta única. Si hubiese unos estudios oficiales con su título al final, mucha gente se consideraría escritora al conseguir ese título. Ay, pero sin ese papelito, ¿cuándo podremos decir que somos escritores?

Cada quien tiene una opinión diferente. Que si cuando has publicado; que si cuando has publicado, pero con editorial; que si cuando has empezado a escribir de manera profesional, aunque aún no hayas publicado; que si cuando vives de lo que ganas vendiendo tus libros (es decir, ¿nunca, excepto si eres María Dueñas o similar?).

El problema es que todo el mundo tiene su opinión, no sólo quienes se dedican a la escritura. To―do―el―mun―do. Y esa opinión ajena es la que desarrolla en nuestro interior el dichoso síndrome del impostor.

Considero que alguien es escritor cuando se toma el oficio en serio, como un trabajo, como una profesión. No espero a que publique porque eso lleva tiempo. Con que tenga su rutina de escritura, su aprendizaje (ya sea en cursos o de manera autodidacta), su «comprendo que ser escritor no es sólo escribir», me vale para considerarlo escritor.

Son los demás. Sin ellos, el síndrome del impostor no existiría.

Hace años, hablaron de este tema en el blog Literautas.com. Me gustaría que leyeses no sólo aquel artículo titulado El día que dije en voz alta: «Soy escritora» sino ―y sobre todo― los comentarios (hay uno con mi nombre, pero no soy yo). Son reveladores y un magnífico ejemplo de lo que pretendo contarte aquí. Extraigo algunas frases:

El pan y los vicios me los paga una actividad muy diferente a la escritura… así que técnicamente no puedo decir que soy escritor.

Pienso que no me merezco ese “título” hasta ver publicada mi novela.

A mí me da miedo la pregunta “¿Tienes algo publicado?”. Porque cuando dices que aún no, te juzgan inmediatamente.

La escritura es una suerte de “profesión trofeo”. Pareciera que no basta con escribir para ser escritor, sino que tienes que ganarte el título. Es decir, alguien más debe otorgártelo antes de que puedas ponértelo.

Tengo mi blog, tengo mis cuentos (muchos de esos en el blog), tengo mi novela publicada y un cuento ganador de un concurso nacional. Sin embargo, no me SIENTO escritor, no siento que pueda decirlo porque no me generó ni un peso hasta el día de hoy.

«Te juzgan inmediatamente»

Frases como «te juzgan inmediatamente» y «alguien más debe otorgártelo» son la clave de lo que quiero expresar en este artículo porque dejan muy claro que nos importa demasiado lo que piensen los demás, que buscamos su aprobación (lo digo en primera persona del plural, aunque no me incluyo).

Escuchamos todas esas opiniones y las hacemos nuestras. Mal.

El miedo a decir «soy escritor» nace de los demás, del qué dirán, incluso aunque nada tengan que ver con la literatura. Si, además, estás en grupos de escritores, ese sentimiento de impostor crece si tú se lo permites.

Si haces tuyas esas opiniones, si interiorizas eso de que un escritor es el que se gana la vida escribiendo, si pones tus ojos en los famosos famosísimos y no en la mayoría de escritores, si necesitas la aprobación externa para convencerte de que eres escritor, el impostor liderará tu vida y nunca te dejará sentirte a gusto con esta profesión.

Las comparaciones son odiosas

Una cosa es que tu meta sea vender tantos libros como María Dueñas en una primera tirada (500.000, casi nada) y otra muy diferente es creer que no puedes considerarte escritora hasta ser como ella.

La mayoría de los escritores no son famosos y no viven de las ventas. Tienen que trabajar para tener unos ingresos decentes y trabajan tanto en cosas que nada tienen que ver con la escritura como en temas muy relacionados con ella, pero trabajan. Ya te hablé de eso en Para ser escritor, necesitas otros trabajos.

La meta de llegar a ser como María Dueñas es muy buena si tienes claro que es algo a (muy) largo plazo. Para llegar ahí, debes marcarte peldaños cercanos con objetivos a tu alcance. Por ejemplo, aprender el oficio, fijarte en quienes han publicado un libro, marcarte una rutina de escritura, publicar, fijarte en quienes han publicado varios libros, observar, observar, observar.

Creértelo tú para que se lo crean los demás

Pues eso, que como no te lo creas tú, no se lo creerá nadie. Todas esas opiniones que se repiten como si fuesen ciertas son sólo eso: opiniones. No tienes obligación de pensar lo mismo, no tienes que estar de acuerdo. Rebélate.

El miedo o la vergüenza al qué dirán puede afectar a tu disciplina («no soy escritora, así que no tengo por qué escribir todos los días»), a tus objetivos, a tu aprendizaje, a tu motivación. No se lo permitas.

¿Te ataca el síndrome del impostor? ¿Qué opinas de quienes dicen que son escritores?

Enlaces mencionados en este artículo:

Soy escritora. Mandando a paseo al síndrome del impostor – Isabel Veiga López

El día que dije en voz alta: «Soy escritora» – Iria López Teijeiro

Para ser escritor, necesitas otros trabajos – Isabel Veiga López


Isabel Veiga López

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4 Comentarios

  • Esther Rebellón

    Bravo Isabel
    Me ha encantado tu artículo, que bien expones el tema y cuánta razón la de tus palabras.
    Esther

    • Isabel Veiga López

      Gracias, Esther. Durante estos años en la profesión, me he dado cuenta de la cantidad de mantras que se repiten sin más. El del síndrome del impostor es uno de ellos. Es un síndrome que damos por hecho que tenemos que sufrir como si fuese parte del proceso, pero podemos cortarlo de raíz y evitar que florezca. Saludos.

  • Mar

    Mi querida amiga: eres sabia. Es cierto que nos avergonzamos de autodenominarnos con un título que parece muy grande, pero ¿a ojos de quién?

    Ser escritor es escribir, como bien dices, y la palabra no lleva implícita que lo hagas como José Luis Sampedro (ojalá) ni que vendas como María Dueñas. También hay arquitectos que construyen rascacielos y otros que edifican simples casitas de pueblo. ¿Tiene uno más valor que el otro?

    Dicho esto, creo que la propia persona pone todo de sí misma en cada paso de su vida y si la autoestima no es tu fuerte, el síndrome del impostor campa a sus anchas ajeno a lo que digan los demás, porque ya tiene pasto de sobra en su propia casa.

    Gracias por tus geniales artículos. He dicho.

    • Isabel Veiga López

      Gracias por tu comentario, pero me sobreestimas. No soy sabia, jajaja, solamente soy observadora y analíltica. Escucho (con escucha activa), observo las acciones, me informo, analizo esa información (no la doy por cierta sin más).

      Como bien dices, la propia persona se autoboicotea, pero eso -en mi opinión- nace también de los demás. Si la autoestima es baja, los comentarios ajenos, aunque no vayan dirigidos a esa persona, se magnificarán y harán raíz como las malas hierbas porque saben que serán alimentados sin problema.

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