Por qué leen los niños

Por qué leen los niños

Miguel tiene siete años y odia el colegio; es lo que dice, que lo odia, aunque no es cierto. Nosotros, los adultos, los que trabajamos con Miguel, sabemos que no odia el colegio. Lo dice porque él cree que es así, pero la realidad es otra más personal, no escolar.

Para un niño, no es fácil entender el porqué de algunos sentimientos ni las consecuencias de otros. Miguel pasa más tiempo enfadado que disfrutando de su infancia. Hemos avanzado y, por lo tanto, la actitud de Miguel va cambiando a mejor ―a mejor para él, se entiende―, pero aún nos queda mucho camino por recorrer.

Lo que le pasa a Miguel es que su autoestima es demasiado baja. Siempre se compara con los demás y, en su baremo, sale perdiendo. Por eso, no le gusta afrontar retos. Cuando hay que empezar una tarea, Miguel pide ir al baño o levantarse para afilar el lápiz. Son estrategias muy usadas por niños que intentan retrasar el afrontar algo que creen que no saben hacer.

Miguel no odia el colegio. Lo que «odia» es no ser capaz de hacer algo y en el colegio le pedimos todo el rato que haga cosas.

La lectura en el aula

Estoy hablando del colegio de primaria en el que trabajo, que está en Inglaterra.

Los niños acceden a la lectura de una manera natural. Me explico. En cada clase, hay una pequeña biblioteca con libros de diferentes géneros y niveles de lectura adaptados a cada curso, tanto ficción como no ficción. Los niños eligen el libro. Si lo empiezan y no les gusta, lo cambian; ni siquiera piden permiso ni se lo dicen a la maestra. Se levantan, dejan ese libro y buscan otro. Tienen obligación de leer, pero no de leer algo que no les gusta. La diferencia es muy importante. A ver si España aprende esto.

En la clase de Miguel (tercero de primaria), como en todas las clases de todos los cursos, hay niños con un bajo nivel de lectura y otros que leen novelas. Cada uno tiene su ritmo y no se le exige más de lo que puede dar. Un niño con dislexia, con parálisis cerebral o con problemas en casa no tiene el mismo nivel que otro niño sin condicionamientos físicos ni psíquicos. Ni lo tiene ni se le pide. No es culpa del niño; no ponemos presión en él.

Durante el día, hay un tiempo para leer en el aula, como si fuese una biblioteca. Todos en silencio, disfrutando de ese momento. Ahí es donde veo qué niños leen, qué leen, quién finge leer. A veces, si puedo, le pido a algún niño que lea en voz alta para mí, sobre todo a principio de curso, para saber qué nivel tiene.

Miguel lee todavía por sonidos. Usa lo que aquí llaman phonics. Es decir, hace el sonido de cada letra y, después, junta los sonidos para formar la palabra. Se centra en la lectura de cada palabra, pero no puede centrarse, además, en la comprensión lectora del texto. Su nivel es el más bajo de la clase, con libros que apenas tienen dos frases en cada página. A su lado, Elena está leyendo una de las novelas de Harry Potter.

Para Miguel, leer es uno de esos esfuerzos que no quiere afrontar. Corrijo: que no quería afrontar.

El porqué de las cosas

Ese cambio en Miguel, que ahora no quiere dejar de leer, tiene un porqué y es saber, precisamente, el porqué o para qué.

Una tarde, pedí a Miguel que saliese del aula conmigo. En el pasillo, tenemos unos biombos ―por el tema del virus― que están decorados con fotos, dibujos, redacciones. Primero, estuvimos comentando las fotos. El tema era algo así como «reto de lectura» y consistía en hacerse fotos leyendo en lugares o situaciones diferentes. Un niño compartiendo lectura con su caballo, una niña leyendo encima de un armario, otra en la bañera llena de libros, otro colgando cabeza abajo de la rama de un árbol. Después, vimos unos posters acerca del medio ambiente, también hechos por los niños. Miguel me preguntó qué ponía en uno de ellos. Era lo que yo esperaba para explicarle por qué estábamos ahí.

―Uf, pues dice muchas cosas. ¿Puedes leer ésta de aquí?

Miguel usó los phonics, pero eran demasiadas palabras.

―Si pudieses leer, podrías leer no sólo el póster, sino todas estas historias también ―le digo señalando las redacciones—. Han participado en un concurso y algunas son de misterio y aventuras.

No dijo nada, sólo miraba todo lo que tenía enfrente y que no podía descifrar. Lo bueno era que me escuchaba atentamente en lugar de enfadarse o marcharse.

Le expliqué que los maestros no somos personas malvadas que queremos que lea libros para fastidiarle, que no le pedimos que los lea sólo para saber leer un libro, sino para poder leerlo todo. Le hablé de la información importante que se puede encontrar en el supermercado, en el menú del restaurante, en el colegio.

―Dentro de poco, vamos a preparar «la búsqueda del tesoro» y hay que saber leer las pistas para encontrarlo.

En realidad, esa actividad está pensada para él y otro niño, para que practiquen la lectura de una manera entretenida fuera de la clase. Las pistas se escribirán pensando en su nivel lector.

El resultado de la charla

Volvimos a la clase y lo primero que me dijo fue «quiero leer mi libro». Desde ese día, Miguel se esfuerza por mejorar su lectura.

 A veces, damos por sentado que los niños saben por qué les pedimos que hagan cosas, por qué tienen que aprender esto y aquello, pero no siempre lo saben. Algunos niños, como Miguel ―o como yo, que ya no soy una niña―, necesitan saber el propósito de las cosas, el beneficio, para qué les va a servir aprender eso.

No todo lo que aprendemos en el colegio tiene un propósito imprescindible en la vida, vale, es cierto, pero es que no sabemos qué carrera elegirá cada niño o en qué trabajo acabará. Tampoco sería justo privarles de conocer un poco de todo porque les quitaríamos la opción de elegir con conocimiento de causa.

Da igual si eligen ser químicos, matemáticos o economistas. La lectura siempre la van a necesitar, incluso para los exámenes de mates en los que hay que leer y entender los problemas. En mi opinión, saber leer es lo más importante porque afecta a todo lo demás.

Y ahora qué

Pues no sé si Miguel va a seguir con su afán de aprender a leer. Su madre ha notado ese cambio positivo en casa y eso siempre es una buena garantía.

Para que esas ganas de leer no disminuyan, Miguel tiene que notar el progreso. No vale sólo con que yo le diga «genial, has mejorado un montón»; tiene que darse cuenta él.

Espero poder decirte pronto que Miguel ha subido de nivel y que ya lee libros con más frases por páginas.

Si tienes niños, sean hijos, sobrinos, amigos, y quieres inculcarles el gusto por la lectura, el blog de Mavi Pastor te puede ayudar. Te dejo unos enlaces para que eches un vistazo.

Los mejores libros clásicos para niños de 6 a 9 años

Clásicos de la literatura para niños de 9 a 12 años

Enseñar a leer a tu hijo con el método Montessori

Trucos para fomentar la lectura infantil


Isabel Veiga López

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