Sin miedo a la vida

El día amaneció despejado y con una temperatura perfecta. Arranqué mi moto y salí del garaje dispuesta a disfrutar del camino con una gran sonrisa. Me gusta mucho mi trabajo, así que el buen humor siempre me acompaña a pesar de los problemas que pueda darme la vida.

Cuando llegué al geriátrico, pude ver a Marga por la ventana del comedor saludándome con la mano. Cada día me recibía igual, con un saludo y una sonrisa. Era una mujer estupenda de la que aprendí mucho durante su estancia allí. Siempre me ha gustado escuchar y a Marga le gustaba hablar, así que ella satisfacía su necesidad de contar y yo la mía de aprender. Marga era diferente, alegre, transmitía una serenidad envidiable a pesar de ser una mujer muy activa para su edad, 92 años, y me mostró, sin pretenderlo, el secreto de la felicidad: vivir cada día como si fuese el último y mantener siempre una sonrisa, sobre todo en los peores momentos. Con ella perdí el miedo a envejecer.


Isabel Veiga López

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