Emigrar: los cambios cotidianos

Emigrar: los cambios cotidianos

Good morning ―dijo su vecina al verla.

Good morning, you all right? ―respondió con soltura, como si lo hubiese dicho durante toda su vida.

Realmente no entendía muy bien el porqué de la pregunta, pero la utilizaba porque eso era lo que hacían los demás. Ya sabes, «allá donde fueres, haz lo que vieres», y si los ingleses lo decían así, pues así lo diría ella. Tantos años aprendiendo a decir how are you? y sus variantes, incluso pronunciándolo bien, y ahora le salían con el you all right?, así, sin decir are, no sea que los extranjeros entiendan la pregunta.

Esa era su vida desde hacía un año. Otro idioma, otra comida, otros horarios, otros amigos, otras costumbres, otro país. Lo de hablar inglés lo llevaba bien. Podía ir sola a cualquier sitio, tramitar cualquier gestión ―preferiblemente no por teléfono―, pararse a hablar con algún conocido oriundo de esa isla. No, el idioma no era problema. Tan sólo le fastidiaba ese complot que los profesores de inglés en España habían maquinado para que todos aprendiesen un inglés que los ingleses no utilizaban. Are you all right?, ¿en serio esta pregunta es normal? De hecho, la primera vez que se la dijeron pensó «¿tan mala cara tengo que me preguntan si estoy bien?».

Cuando supo que tendría que marcharse a otro país sabía que iba a tener que acostumbrarse a una forma de vida diferente, pero no se imaginaba hasta qué punto puede cambiar la manera de hacer las cosas más cotidianas. Por ejemplo, encender la luz del cuarto de baño. Aunque no era el peor de sus males en ese pequeño habitáculo. Tenía la impresión de que había pasado del siglo XXI a la primera temporada de «Cuéntame».

Por suerte, era una persona optimista a la que le gustaban los cambios. Estaba preparada para ellos y se adaptaba fácilmente. «Una actitud negativa es una actitud inútil», solía decir. Así que se tomaba con humor lo que iba descubriendo, como lo del cordelito para encender la luz del baño.

Pero no todo era de color de rosa, por supuesto. Ver a sus padres por una pantalla y no poder estar con ellos, ni siquiera en fechas señaladas, no era algo agradable, por mucho optimismo que quisiera poner. Tener que usar las redes sociales para hablar con sus amigas ―las pocas que quedaban al pie del cañón― atentaba contra su filosofía de vida que era «mejor quedamos pa’ tomar algo». Mirar por la ventana y ver unos cuantos patios con jardines descuidados en lugar de ver el mar, que es lo que siempre había visto. Descubrir que algunos amigos no eran tan amigos y habían desaparecido misteriosamente. No, no todo es bueno cuando hay que emigrar por fuerza. Se dejan demasiadas cosas por el camino, sin pretenderlo.

También se ganan otras, y es a las que ella miraba en todo momento. Son etapas de la vida, decía, hay que soltar lastre para poder seguir avanzando. Esa mirada positiva es la que la mantenía viva a pesar de las decepciones y las lágrimas que hay que derramar cuando tienes que abandonar toda tu vida sin posibilidad de elegir.

Así que ahí estaba ella, diciendo good morning en lugar de buenos días, conduciendo por el lado contrario, pagando cantidades exageradas por todo ―desde un café hasta el alquiler de un piso―, y probando comidas diferentes a horarios impensables. Eso sí, un país que hace tan buenos pasteles no puede ser malo, a no ser para las caderas.


Isabel Veiga López

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