Cómo usar nuestros recuerdos para escribir

Cómo usar nuestros recuerdos para escribir

Me da mucha envidia la gente que tiene recuerdos detallados y abundantes de su pasado. Stephen King, en su libro Mientras escribo, dice que no recuerda mucho, pero es capaz de llenar páginas y páginas. Ya quisiera yo recordar lo suficiente como para escribir, al menos, una novelette. Para conseguirlo, tendría que leer mis diarios para recordar mi propia vida.

De mi vocación escritora, recuerdo un microrrelato que escribí cuando aún estaba en EGB. Fue después de la muerte de un amigo. Puedo verme escribiéndolo, pensando en cómo crear la escena para no desvelar nada hasta la última frase, y eso que no iba a enseñárselo a nadie (nunca lo hacía). A saber dónde está ese micro. Lo que sí conservo es una redacción que escribí ―no era para el colegio, sino porque necesitaba escribirla― en contra del racismo. Creo que estaba empezando la adolescencia, y ya no la abandoné ―según mi madre y yo misma―.

Lo siguiente que recuerdo es de mediados de los noventa. Seguro que, además de mi diario, escribí otros micros entre la EGB y la última década del siglo XX, pero mi memoria no lo ha guardado. Tal vez, si los encontrase y los leyese, me acordaría.

¿Por qué para un escritor es importante recordar?

Recordar es importante para todo el mundo, es algo obvio. Recordamos hechos, sentimientos, olores, sensaciones, amistades, traiciones, errores, decisiones. Recordamos para aprender. Matizo, deberíamos recordar para aprender, pero no siempre es así porque, a veces, nos empeñamos en meter la pata en la misma situación en más de una ocasión.

Para un escritor, los recuerdos no son sólo un aprendizaje y un cúmulo de experiencias vividas, sino también una herramienta de trabajo. Es lo que va a usar para crear escenas, para moldear a sus personajes, para darles voz en los diálogos.

Como escritores, observamos el mundo para robar ideas. De nada sirve observar si no recordamos lo que observamos, por eso anotamos todo lo que se nos ocurre. Somos expertos en anotar montones de cosas, incluso las que parecen insignificantes, porque sabemos lo breve que puede ser la memoria.

Necesitamos recuerdos para aportar credibilidad a nuestras historias, coleccionamos los propios y, por supuesto, los ajenos. Nos convertimos en coleccionistas y ladrones de recuerdos.

Recrear escenas y personajes

No sólo nos documentamos con información externa a nosotros, sino que revolvemos en nuestra memoria para crear y para describir.

El piso que aparece en tu novelette es el que tenían tus abuelos cuando eras pequeña. Tus recuerdos te permiten describir con detalle la decoración, la colcha de la cama, la vajilla, el balcón, las revistas.

¿Y ese olor tan bueno a comida? Puede que te lo hayas sacado de un restaurante al que fuiste hace unos años, pero tu narradora dirá que era el olor de la casa del protagonista cada mediodía.

El personaje secundario vomita al ver el cadáver. Eres capaz de describir cómo se siente porque no has olvidado las nauseas del embarazo que te hacían vomitar a cualquier hora.

También recordamos gestos, formas de hablar, maneras de andar, y se lo regalaremos a nuestros personajes.

Almacenamos recuerdos de nuestros cinco sentidos, y de sentimientos propios y ajenos. No tenemos por qué usarlos en las mismas situaciones que nuestros personajes, sino que los adaptaremos a cada circunstancia.

Empatía o, al menos, no juzgar

Los hechos que nos cuentan otras personas son fáciles de narrar. El clima, los olores, los colores, quién hizo qué, quién dijo qué, cómo lo dijo. Sin embargo, narrar los sentimientos, encontrar las palabras exactas para transmitírselos al lector, ay, eso es más complicado y por eso necesitamos tirar de nuestras experiencias para moldearlas a la historia.

No todo el mundo siente la misma tristeza, no todos reaccionan igual ante la felicidad. Debemos escuchar para entender otros niveles y reacciones ante los mismos sentimientos.

Para comprender lo que sienten los demás, no sólo hay que saber escuchar, sino escuchar sin juzgar. Difícil, ¿eh? Tendemos a pensar que todos sentimos lo mismo en el mismo nivel en las mismas situaciones, pero no es así.

Que te hayan despedido de un trabajo no significa que sepas lo que sienten otras personas que también han sido despedidas. Cada cual lo sentirá a su manera porque sus circunstancias son diferentes. Hay quien se alegra porque no se atrevía a dar el paso de irse, hay quien lo sentirá como una traición después de todo el tiempo que le ha dedicado a la empresa.

Si lo que tú sentiste cuando te despidieron no se ajusta a lo que debe sentir tu personaje, recuerda cómo se sintieron otros que has conocido. O busca en el baúl de los recuerdos alguna experiencia vivida y que te provocase esos sentimientos, aunque no tenga nada que ver con un despido o con temas laborales.

Para describir esas emociones, debemos escuchar activamente. Si no tienes un sentimiento similar en tu memoria, te toca escuchar, preguntar, averiguar sensaciones emocionales y físicas. No juzgar, sólo investigar y copiar.

La importancia de escribir un diario

Un diario bien llevado es un tesoro para un escritor, sobre todo si, como yo, tienes memoria de Spectrum primera generación.

Cuando llegas a la madurez, por ejemplo, recuerdas algunas cosas de tu adolescencia, pero has olvidado otras. Y no hablo sólo de lo que hiciste, sino de lo que sentiste. Por eso hay tantos adultos que no comprenden la adolescencia a pesar de haberla ¿sufrido, disfrutado?

Olvidaron todas esas emociones contradictorias, las ganas de comerse el mundo, los sueños, los cambios de humor exagerados. Ya, ya, no todos hemos sido iguales en la adolescencia, es sólo otro ejemplo.

Si tienes un diario, te ayuda a recordar tu vida a todos los niveles. Para alguien como yo, tiene valor porque de ahí puedo sacar mucha información que no recuerdo y regalársela a mis personajes y a mis historias.

Cómo me metí en la mente de mis personajes para escribir Volver a entender

Volver a entender es una novela corta LGBT+ en la que los sentimientos son la base de la trama. La cobardía, el miedo, los prejuicios, la confusión, el amor, la pérdida, la aceptación, la negación.

Yo no he pasado por las mismas situaciones que mis personajes. De hecho, no tenemos nada en común, así que meterme en su piel ha sido un reto que he disfrutado incluso mientras lo sufría.

Teniendo en cuenta que yo no soy un hombre homosexual de más de sesenta años, mi labor de documentación fue exhaustiva buscando información no sólo acerca de la comunidad LGTB+, sino también acerca de los sentimientos de un colectivo específico dentro de esa comunidad.

Pero ¿cómo poner palabras a sus sentimientos si no he experimentado lo mismo que ellos? Como mujer y como inmigrante en el Reino Unido, he vivido situaciones cuyos sentimientos generados se podían relacionar con los de mis personajes.

Sin embargo, lo que más me ayudó fue escuchar/leer activamente los comentarios ajenos, sin juzgar, sin cuestionar lo que se decía porque yo necesitaba opiniones diversas. A esas opiniones, les añadí mis recuerdos para poner las palabras exactas que reflejasen bien los sentimientos que debían expresar los personajes.

Conclusión

Puede que sea cierto eso de que en todas las historias hay algo autobiográfico porque nos ayudamos de nuestros recuerdos para crearlas, aunque sea en pequeñas cosas.

No es necesario vivir lo mismo que viven nuestros personajes porque hay experiencias que son reutilizables para diferentes ocasiones.

Y tú, ¿tienes buena memoria o necesitas mirar tus diarios? ¿Tus personajes están hechos a base de tus retazos?


Isabel Veiga López

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