La justicia no está confinada

Mi abuela Josefa no es de meterse en líos; sin embargo, la policía la conoce bien. No está fichada por mala, sino por justiciera, rasgo que es muy noble, pero que nos ha hecho sonrojar en público más de una vez. Por esa lucha contra la injusticia, Mercedes, su nueva vecina, tuvo que buscar otro piso en apenas unas semanas. Gracias a mi abuela, ha aguantado poco en ese edificio y, posiblemente, en esa provincia.

A mediados de febrero, poco antes del confinamiento, llegaron nuevos inquilinos al piso de al lado del de mi abuela. En cuanto tuvo ocasión, ella salió a presentarse, a darles la bienvenida y a ofrecerse para lo que necesitasen. Era un matrimonio joven, aunque para mi abuela, que está más cerca de los ochenta que de los setenta, todos son jóvenes.

Mercedes era siempre amable, pero con esa amabilidad forzada que a mi abuela le hizo torcer el gesto. Se dio cuenta de que no era una persona a la que le gustase tener trato con los vecinos, nunca se paraba a charlar y los evitaba incluso cuando se cruzaban en la calle.

El marido, Marcos, tampoco socializaba demasiado, pero su actitud era más cordial. Cuando estaba solo, cosa que no ocurría a menudo, sonreía más y no le importaba cruzar algunas palabras. Mi abuela, que debería haber sido psicóloga, se dio cuenta de que algo no iba bien en esa pareja.

Los primeros días fueron tranquilos, alguna discusión que otra, pero nada preocupante. Sin embargo, una noche, empezaron los gritos, los golpes, los portazos. No hacía falta poner la oreja en la pared para poder entender los insultos. Ni corta ni perezosa, mi abuela salió a llamar a la puerta. Los gritos cesaron, pero nadie abrió. Esperó un rato antes de meterse en su casa, aun sabiendo que no iban a salir a disculparse o explicarse.

Al día siguiente, cuando mi abuela vio que Mercedes se iba al trabajo, volvió a llamar a la puerta. Marcos abrió y, sin esperar a que mi abuela hablase, se disculpó por las molestias de la noche anterior. Adornó las disculpas con excusas que no convencieron a mi abuela, pero sólo tuvo tiempo para un «no hay excusa que valga. Una situación así no es aceptable». La conversación no duró más y, durante un par de semanas, no volvió a haber otro incidente. Siguieron las discusiones, pero sin golpes. No fue posible volver a hablar a solas con ninguno de los dos.

El día que declararon el confinamiento, mi abuela supo que el piso de al lado se iba a convertir en un nido de malos tratos. Mantener encerrada a una persona agresiva no podía traer nada bueno. No se equivocó.

El tercer día de confinamiento, los golpes y las súplicas volvieron. Antes de llamar a la policía, mi abuela volvió a llamar a la puerta. Esta vez, una voz le dijo que no podían abrir, que había que mantener la distancia y que se metiera en sus asuntos..

―Es lo que estoy haciendo. Y que sepas que no hay confinamiento que me impida parar lo que está pasando ahí ―gritó mi abuela.

En menos de un minuto, ya estaba hablando con la policía, que tardó poco en llegar. Mi abuela pudo escuchar cómo Mercedes decía a los agentes que sólo había sido una discusión y que la “vieja chocha de al lado” estaba exagerando. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no salir.

Todos los días, durante una semana, la comisaría recibía una llamada de mi abuela y un coche patrulla se acercaba al domicilio para hablar con Mercedes. Hasta que, una tarde, tuvo que ir también la ambulancia. Al intentar esquivar un golpe, Marcos había tropezado y se había golpeado el hombro contra la esquina de la mesa. Se lo dislocó. Mi abuela lo acompañó al hospital mientras Mercedes se iba con la policía.

Después de varias horas sin poder evitar una conversación con mi abuela, Marcos accedió a denunciar a su mujer, a la que permitieron sacar sus cosas del piso y abandonarlo en pleno confinamiento.

No, a mi abuela, que perdió a su madre por las palizas de un mal marido, no la para ni una pandemia.


Isabel Veiga López

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