En la edad de mi madre

Mi madre es la guapa. Yo soy la pequeñaja.

Por primera vez en muchos años, he encontrado a mi madre en casa todos los días cada vez que la llamaba. Ha sido un acontecimiento tan extraordinario como el propio confinamiento y no creo que se repita, ni aunque haya otra pandemia. No digo que me haya contestado las llamadas a la primera ni que haya visto mis guasás en cuanto los he mandado, pero estaba en casa, portándose bien para cuidarse y no darme un disgusto. Después de haber superado una operación de cáncer de colon el pasado diciembre y esperando una de vesícula, no ha querido arriesgarse.

Ha tenido sus días buenos y algunos días de no querer hacer nada, ni siquiera hablar. Hemos disfrutado de conversaciones largas, aunque ha habido otras de menos de cinco minutos que no me ha dado tiempo a saborear. Cuando no le apetece hablar, no le apetece hablar; no hay más. En mitad de tu frase, te dice «hasta mañana» y, hala, se acabó la conversación.

Es una suerte que mi madre se lleve bien con la tecnología. Sabe lo que necesita saber, como la mayoría de nosotros, y pregunta y practica hasta que consigue que teléfono, tablet y portátil se rindan a sus pies. Hace tiempo, fue a cursillos de informática, de esos que hay en los centros cívicos. Todos los años va a montones de cursillos porque aún le gusta aprender. Es una de esas buenas herencias que me ha dejado en vida en forma de genes.

Tenemos tan arraigada esa idea de que la gente mayor no hace nada en la vida, sólo ser mayor, que todavía nos extraña que pasen más tiempo fuera que dentro de casa o que usen Facebook. Pero mi madre ha sido siempre así, de socializar, de hablar, de reír. Tiene una risa que huele a ganas de disfrutar la vida. Echo de menos ese olor.

Aunque, como he dicho, ha tenido sus días de estar peleada con el confinamiento, lo ha llevado mejor de lo que yo esperaba. Es una de esas mujeres independientes que se apunta a todas las excursiones, comidas, cenas y cafés que puede, que no le da pereza irse en tren a la provincia de abajo para pasar el fin de semana con una amiga y que no siempre está en casa a las diez de la noche. Por eso, yo pensaba que estar tantas semanas encerrada en el piso iba a ser muy duro para ella, a pesar del gran ventanal del salón que permite al mar mirar a los ojos de mi madre para copiar su color.

Una tarde, la videollamé para tomar un café juntas, pero me dejó en mitad del primer sorbo porque dijo que estaba viendo un programa interesante en la tele y no quería perdérselo. Hay que fastidiarse. Me quiere mucho, pero parece que no soy la primera opción en su lista de prioridades.

Ya no sé cuántas veces le he dicho que tiene que moverse, dar paseos por el pasillo, que mire algún video de esos de mantenimiento para personas mayores, pero no hay manera. «Pues abre la puerta del piso y mueve las piernas en las escaleras, aunque sea subiendo y bajando dos peldaños», le dije. Que lo hiciese yo, me contestó, «que se nota que estás engordando». Es muy bonito tener una madre que se preocupa por ti y por tus kilos extra.

Tiene la suerte de tener aficiones y poder estar entretenida en casa con sus manualidades, hilos y lanas, pero todo cansa si no hay otras alternativas. Incluso responder una llamada para fingir que no está del todo mal se convierte en un esfuerzo. En alguna ocasión, no ha podido evitar dejar salir algunos ramalazos de sinceridad, «estoy harta ya de estar aquí». Y no me extraña, porque no ha bajado ni a por el pan, que ha sido tarea de mi padre.

Por cierto, a mi padre no le he preguntado qué tal lleva el confinamiento porque ha pasado años entrenando para algo así. Disfruta de la soledad, de estar en casa con su música, las noticias, escuchar inglés para no olvidarlo. Su vida no ha cambiado, excepto porque ahora lleva una mascarilla para ir a la panadería y porque tiene que compartir el piso con mi madre durante todo el día. Esto último ha sido un gran cambio para los dos y lo aguantan -se aguantan- lo mejor que pueden. Después de décadas de matrimonio, y siendo tan diferentes, aguantarse es sinónimo de respetarse.

En la edad de mi madre caben muchas vidas; siempre encuentra espacio para la de alguien más. Es una edad muy elástica en la que, sin buscar demasiado, encuentras montones de experiencias de todos los tamaños y sabores, muchos años que se mueven entre el gris oscuro y un amarillo radiante que sigue iluminando mis pasos. Sus canas no se dan por vencidas y siguen haciendo planes. Bueno, planes y menús, sobre todo cuando vuelvo a casa, porque sabe que fuera de España no se come ni la mitad de bien. Por eso, sé que el día que podamos volver a estar juntas, tendré que salir a la puerta de su piso para subir y bajar escaleras mientras me dice «pues tampoco has comido tanto, pero has engordado».

Yo también te quiero, amatxu.


Isabel Veiga López

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