Agosto 1987

Vigo, 1 de agosto de 1987

Hola, José María:

¿Qué tal llevas el verano? Espero que más relajado que el mío. ¿Te has quedado en Madrid? No te envidio. Yo ya estoy viviendo en Vigo. Esto es vida, tronko. Buena comida, barata, abundante. Playas por todas partes. Una temperatura perfecta. Cuando tengas tiempo entre concierto y concierto o entre disco y disco, ven a verme. Y tráete a Ana. Dile que esto es como Hawai, pero sin volcanes y con gaitas en lugar de ukeleles.

La fiesta de mi despedida fue una pasada, duró todo el fin de semana, como en los viejos tiempos de la Movida, ¿te acuerdas? No sé si es la edad o la nostalgia, pero esta vez no bebí mucho. Quería acordarme de todo. Y, sí, lo confieso, quería estar sobrio por si aparecía Ana. Sigo colgado de ella. Ya, ya sé que estáis de gira y que era imposible que apareciese, pero ya me conoces, me gusta estar preparado para los milagros.

Al final, me fui a Nueva York sin ti, no cancelé el viaje. Mira, colega, no te perdiste nada, aunque habría sido más divertido si hubiésemos ido juntos. Una ciudad con muchos edificios muy altos, eso es Nueva York, nada más. Edificios muy altos y gente muy idiota.

No me dejaron entrar en algunos lugares de moda. Racistas. ¡Y casi me detienen! Me perdí de camino a la estatua de la libertad, seguro que no te sorprende. Me acerqué a un poli para preguntar cómo llegar. Vale que mi nivel de inglés es un desastre, pero, colega, que le estaba enseñando un folleto con la foto de la puta estatua y preguntándole where. Ya te imaginas la escena: yo diciendo en inglés las pocas palabras que conozco e imitando la pose de la estatua. ¿Pues no va el tío y me toma por un comunista? Eso sí que lo entendí. Menos mal que pasó alguien que hablaba un poco de español y me echó una mano. Porque esa es otra, que dicen que hay miles de hispanos allí, pero nadie habla español. Hay que joderse, qué mal rato me hizo pasar el gilipollas. A ver si inventan un aparato que se pueda llevar en el bolsillo y que traduzca lo que decimos. Y otro aparato que nos indique el camino, como un plano, pero personalizado. Leo demasiada ciencia-ficción, siempre me lo dices.

Y no saben divertirse. Entran en los garitos, se piden algo y ya está. Ni bailar, ni cantar. Y todo muy caro. Qué aburrimiento. Salí un par de noches, por probar, pero no mereció la pena. Entendí por qué Mathew se quedó a vivir en Madrid. Que nosotros flipábamos porque estábamos convencidos de que todo era mejor que España, sobre todo Nueva York. «Mathew, tío, que lo único que tenemos es jamón serrano», le decíamos. Él se reía y se ponía morao de patatas bravas, el muy cabrón. Creo que se marchó a Barcelona con aquel chico que conoció, el que pintaba cuadros enormes, el que iba de progre a costa del dinero de su papá, como muchos otros en aquella época.

Cuando vengas a verme, te enseñaré fotos del viaje. Me dará tiempo a llevarlas a revelar, pero ya te digo que nos comen el coco con las pelis y las series, que todo parece de ensueño y no lo es. El año que viene, me iré a Bombay, algo muy diferente y que seguro que no me decepciona. A lo mejor, Ana acepta venir conmigo, que siempre está hablando de ir a esos sitios.

Bueno, mamonazo, voy a terminar ya, que el trabajo me reclama. Desde la ventana de mi estudio veo el mar y a las pibitas en bikini. Así da gusto trabajar. El mes que viene, tengo que ir a Madrid para entregar unos arreglos musicales para una peli. Te llamaré cuando llegue, por si estás en casa. Ojalá hubiese algo que enviase las cartas en cuanto las escribimos, como el fax, pero algo que se pueda recibir en cualquier sitio, sin importar en qué ciudad o país estés.

Que la gira siga igual de bien, pero dejad algo de éxito para los demás, mamones. Da recuerdos a tu hermano y, sobre todo, a Ana. Que me escriba.

Hasta pronto.

PD: Oye, Jose, ¿a que no hay huevos de hacer una canción inspirada en esta carta? Si lo consigues, te invito a una mariscada.

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