Todo te lo ofrezco

(Fragmento de la novela «De momentos y recuerdos»)

Te ofrezco mis pensamientos. Los que me hacen reír al recordar algo divertido, los que me preocupan, los que me motivan a seguir adelante día a día, los que me entristecen, los que me traen tu imagen y tu olor, los que duelen, los que me relajan, los que dejan mi mente en blanco, los que no me dejan dormir, los que analizan, los que me hacen saltar al vacío, los que olvido.

Te ofrezco mis decisiones, todas. Las acertadas y las equivocadas, las importantes y las superfluas, las que son para toda la vida, las que me llevan a hacer tonterías, las que me hacen feliz, las que me hacen sentirme estúpido, las que tomo solo, las que consulto con los demás. Porque cada decisión que tome a partir de ahora te puede afectar a ti, a nosotros.

Te ofrezco mis miedos. Los reales, los que me quitan el sueño, los que se inventa mi mente, los que nacen cuando nos enfadamos, los que me provocan risa porque me doy cuenta de que son ridículos, los miedos infantiles, a lo desconocido, a las decisiones equivocadas, a perderte.

Te ofrezco mi cuerpo, cada poro de mi piel, en la salud y en la enfermedad, para que lo acaricies, lo beses, lo arañes, mientras está en forma, cuando deje de estarlo, para que le lleves al extremo del placer, para que le hagas estremecer con un sutil roce de tu piel, con tu mirada, con tus labios, con un susurro. A cambio, yo prometo hacer lo mismo con tu cuerpo, con cada poro de tu piel.

Te ofrezco mis ilusiones, mis tristezas, mis momentos divertidos y los más aburridos, mis horas de sueño, mi lucidez, mi ausencia, mis silencios, mis carcajadas, mis lágrimas, mis cansancios, mis enfados, mi paciencia, mis “te quiero” y mis “déjame en paz”, mis madrugones, mis días de no hacer nada, mis “eso lo arreglo yo” seguidos de “¿tiene que ser ahora?”, mis hobbies, mi desgana, mis ganas de entenderte aunque no siempre lo consiga, mi época de barba y la de perilla, mis fotos de la infancia, las comidas con mi familia que no siempre nos apetecerán, mis ideas absurdas, mis “te sigo queriendo como el primer día”, mis mentiras aunque las odies, mis verdades a medias aunque me odies, mi sinceridad y sus consecuencias.

Te ofrezco mis brazos como refugio, para rodearte, abrazarte, consolarte, excitarte, para finalizar un enfado y empezar una apasionada reconciliación, para que te olvides del mundo, para que sientas que yo soy tu mundo y que tú eres el mío.

Todo te lo ofrezco y, aun así, me parece que no es nada. Pequeñas cosas con las que construir nuestro día a día. Te ofrezco todos los momentos que pueda estar contigo y los que estemos separados, para que los transformes en recuerdos porque, al fin y al cabo, de eso está hecha la vida, de momentos y recuerdos.

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Este relato tiene relación con el artículo No Te He Copiado.

Image by Margarita Kochneva from Pixabay


Isabel Veiga López

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