La ruta aplazada

Título: La ruta aplazada.
Imagen del manillar de una moto mientras transita una carretera.
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Antes de que se hiciese de noche, aparcó la moto a la entrada del hotel. Dejó el casco sobre el depósito, con los guantes dentro, y estiró las piernas. Puso la cadena en la rueda y quitó una de las maletas después de cerrar la llave de paso de la gasolina.

No era un ritual, sino su manera lógica de hacer las cosas, por seguridad, al igual que cuando llegó a la habitación y colocó todo de la manera habitual. Se aseguraba de no olvidar nada al marcharse.

Había emprendido la ruta dos días antes. Sobre el papel, tenía una planificación básica con direcciones, números de teléfono de los hoteles reservados y posibles paradas turísticas; sobre la moto, no olvidaba esa planificación, pero la hacía flexible, dinámica, viva. Iba hacia donde quería ir, aunque no le importaba desviarse y parar en lugares no previstos.

―He visto una gasolinera no lejos de aquí ―dijo en la habitación al salir de la ducha―. La moto está aguantando como una campeona. No nos ha dado ni un problema en todo el viaje. ―Se vistió con ropa cómoda y se puso el colgante―. Es hora de bajar a comer. Me rugen las tripas.

Durante la cena, envió mensajes tranquilizadores a las pocas personas que sabían que estaba de ruta. Un viaje en moto siempre preocupa a quienes se quedan en casa.

A la mañana siguiente, antes de levantarse, pensó durante un rato en el motivo de ese viaje. Habían hablado de él varias veces durante los últimos meses, aunque no como algo especial, no como algo que les apeteciese mucho hacer, sino como una ruta más, por salir con las motos. Y a pesar de no ser algo especial, ahí estaba ella, cansada, decidiendo si merecía la pena seguir adelante o si debía decir en voz alta que le gustaría volver a casa.

Mientras desayunaba, miraba por el ventanal de la cafetería. Podía ver la moto de él aparcada, descansando, preparada para seguir viaje. O para regresar. Sin darse cuenta, acarició el colgante. No se atrevió a decir nada.

De vuelta en la habitación, revisó el plan de viaje. Ciento veinte kilómetros y una noche. Sólo una noche más. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.

Inspiró despacio, arrastrando las quejas para hacerlas desaparecer. Al fin y al cabo, el viaje se había aplazado por ella. Una baja laboral, tobillo torcido con vendaje y reposo, vacaciones aplazadas. No fue culpa suya y él nunca se lo reprochó, pero ella se sintió responsable, sobre todo cuando pasó lo que pasó tres meses después. Por eso se esforzaba ahora en terminar la dichosa ruta que ni siquiera estaba disfrutando.

Se quedó un rato asomada a la ventana de la habitación para valorar la temperatura y, por lo tanto, la ropa que se pondría. Viajar en moto significa vestirse para no congelarse de frío ni derretirse de calor y, sobre todo, significa vestirse para caerse. Es decir, pensando en posibles caídas.

Eligió una camiseta de tirantes y los vaqueros azules. Calcetines finos bajo los botines de moto. Comprobó que no se dejaba nada en la habitación y se marchó.

Con tranquilidad, apoyó el casco sobre el asiento de la moto para abrir el paso de la gasolina y colocar la maleta. Después, quitó la cadena de la rueda, la guardó en la otra maleta y metió la llave en el contacto. Miró la hora, no había prisa. Sólo una noche más. Se puso la cazadora y cerró la cremallera tras asegurarse de que el colgante quedaba seguro. Arrancó la moto. Haría todos los kilómetros de un tirón. Levantó la cara hacia el sol con los ojos cerrados. Por último, ya sobre la moto incorporada, se puso los guantes y el casco con las pantallas todavía levantadas.

Puso el pie izquierdo sobre el cambio de marchas a la vez que apretaba el embrague con la mano izquierda y el freno delantero con la mano derecha. Cuando sintió que estaba preparada dijo en voz alta «vamos allá», pisó para meter primera y arrancó despacio.

En la gasolinera, se propuso disfrutar el resto de la ruta. La terminaría por él, por los dos, tal y como había decidido cuando salió a la carretera. Por eso conducía la moto de él. Por eso él la acompañaba dentro del pequeño colgante. Unas pocas cenizas que para ella representaban no estar sola.


Isabel Veiga López

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Dos libros (Volver a entender, A Friend of Dorothy Again), dos marcapáginas, en la arena, al lado de una estrella de mar.

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