Azul Marina

El paquete de galletas sin azúcar seguía cerrado encima de la mesa. Durante los últimos diez minutos, Marina había tomado el café con sorbos lentos, distanciados, absortos.

Estaba sentada en la cocina, con el peso de su cuerpo sobre el brazo izquierdo, que descansaba en la pared. Miraba ensimismada la ropa que giraba rítmicamente en la lavadora. Unas vueltas a la derecha, parada, unas vueltas a la izquierda, parada. Una prenda verde subía, bajaba y desaparecía. En su lugar, llegaba otra de color azul, ni claro ni oscuro.

«Azul Marina», recordó con una sonrisa interior.

Acercó la taza a los labios para beber el último trago de café, pero ya estaba frío y lo dejó. Fue entonces cuando vio las galletas y se dio cuenta de que no tenía hambre.

Tardó todavía otro minuto en reunir fuerzas para levantarse, recoger la mesa y lavar la taza. Nunca la metía en el lavavajillas. No esa taza.

Miró el reloj de la pared. Las nueve menos veinte. Se había levantado demasiado temprano después de una noche de poco dormir y nulo descanso. Le habría gustado sentarse en el sofá, tumbarse y cerrar los ojos para olvidar qué día era, pero eligió la sensatez, así que se arreglaría primero y descansaría después.

Hacía muchos años que ese aniversario le afectaba lo justo: inquietud, tristeza, mucha tristeza, una pizca de rabia, otra de impotencia. Y el mismo color: azul.

Otra gente se vestía de negro. Ella, de recuerdos de más de cuarenta años, de ese recuerdo en particular.

La pantallita de la lavadora marcaba cincuenta minutos. Perfecto. Le daba tiempo a darse una ducha y a vestirse, incluso si eran cincuenta minutos reales y no de lavadora.

Por un momento, al cerrar los ojos bajo el agua, olvidó dónde estaba. Sintió en su cara la lluvia de aquel día de 1980. Vio a Azucena delante de ella, sonriendo, disfrutando con la ropa mojada. Feliz porque se sentía libre, porque se sentían libres por primera vez desde que se marcharon del pueblo.

Marina se habría quedado en la ducha con los ojos cerrados para retener ese momento del pasado, pero cerró el grifo, inspiró y dejó salir el aire lentamente antes de regresar a la realidad.

Se puso una toalla en la cabeza y fue desnuda a la habitación. Se sentó en la cama. No, se dejó caer en la cama. De un cajón de la mesilla, sacó un conjunto nuevo de braga y sujetador. Soltó un suspiro muy breve, sonoro, de fastidio. Se levantó sin ganas porque ese día cada movimiento le suponía un esfuerzo. Con las prendas en la mano, entró en el baño para buscar las tijeras pequeñas y cortar las etiquetas. De paso, se quitó la toalla y se peinó.

De vuelta en la habitación, se puso el conjunto nuevo y se miró en el espejo largo de la puerta del armario.

―Azul Marina ―dijo, esta vez en voz alta. Levantó la vista como si Azucena la escuchase desde arriba―. Este año no me voy a esconder. Azul Marina, como cada año, para ir a visitarte.

Se volvió a mirar en el espejo. Al darse cuenta de su postura, la corrigió. Metió barriga, enderezó la espalda con un movimiento de cadera, los hombros se echaron hacia atrás y levantó la barbilla. Se sintió mejor durante unos segundos.

―Se acabó el esconderse.

Terminó de vestirse y se peinó. A la lavadora le faltaban aún quince minutos. Antes de sentarse en el salón, comprobó la batería del móvil, por costumbre, aunque ya sabía que no necesitaba cargarlo.

En el sofá, dejó que el cuerpo se relajase. Puso la mano encima del mando de la televisión, aunque no lo usó. Se quedó así, tranquila, quieta. Se dejó llevar por sus pensamientos, paseó por ellos sin prisa, casi de puntillas para no asustarlos, para que se desarrollasen sin miedo.

Sin darse cuenta, o sí, Marina miraba las fotos de Azucena. Guardaba los negativos en una vieja caja de madera con su nombre tallado a mano. La cámara, sin embargo, ocupaba un lugar especial en una vitrina en el salón. Marina ahorró durante meses para regalar a Azucena aquella Nikon FM2 recién salida al mercado.

De no haber sido por esa afición a la fotografía que Azucena intentó profesionalizar, Marina no tendría tantas fotos de aquella maravillosa época de descubrimiento y aceptación. Es posible que ni siquiera hubiese tenido a Azucena. Es muy posible que la hubiese tenido igualmente.

Se vieron por primera vez durante una procesión de Semana Santa en el pueblo de Marina. Azucena buscaba algo que fotografiar. Marina miraba distraída a la muchedumbre que esperaba la salida del paso. Se vieron, se miraron, se sonrieron y Azucena disparó una vieja cámara de segunda mano.

Esa misma noche, las dos muchachas acudieron a la verbena. Marina, con su familia. Azucena, que estaba de vacaciones, con sus amigas. Las miradas de ambas saltaban de rostro en rostro para encontrar el que habían visto en la procesión. Y lo encontraron.

La lavadora pitó varias veces para anunciar que había terminado su trabajo. Marina se levantó fastidiada por la interrupción de sus imágenes de antaño.

Cuando terminó de colgar la ropa, envió un mensaje a Teresa.

«Estoy lista. ¿Vienes o voy?»

«Acabo de salir. Espérame en casa».

Marina calculó unos diez minutos. Cuando estaba a punto de sentarse otra vez en el sofá, se acordó de que había dejado abierta la ventana del baño después de ducharse. Fue a cerrarla y aprovechó para colgar la toalla detrás de la puerta y para doblar el pijama. Hizo la cama.

La primera discusión con Azucena fue por el desorden en la habitación. No fue exactamente una discusión, sino una conversación seria para establecer normas de convivencia. Marina, harta de las exigencias maternales que la obligaban a limpiar como parte primordial de sus deberes como mujer, no quería hacer lo mismo ahora que tenía su piso en la gran ciudad. Azucena, por su parte, detestaba vivir en un desorden perpetuo. No pedía que todo estuviese impoluto, se conformaba con que no hubiese sensación de caos. Marina necesitaba ese caos, pero aceptó el término medio que proponía su pareja.

Sentada, ahora sí, en el sofá, miraba las dos fotos en las que estaba Azucena. Enmarcó esas como podía haber enmarcado otras sacadas el mismo día, pero las del salón tenían la expresión exacta, la sonrisa perfecta, la mirada precisa.

Cada año por esa fecha, las fotos pasaban al frente en el mueble. Después, volvían a su posición habitual detrás de las demás. Los primeros años, Teresa insistió en que no le importaba que se quedasen delante, que lo comprendía. Marina le sonreía y le daba las gracias, pero devolvía las fotos a lo que ella llamaba «su lugar natural, como en la vida».

―El pasado debe quedar atrás. A la vista, para no olvidarlo, pero atrás. El presente, que eres tú, debe ser el protagonista.

Eso decía Marina cada año cuando devolvía las fotos a su sitio, detrás de otras más actuales. Marina sabía que Azucena estaba ahí, siempre sonriendo. Con eso le bastaba.

Recibió a Teresa con un breve y suave beso en los labios. Mientras charlaban, se preparó una tila. No negaba que estaba nerviosa por lo que podía pasar ese día. Lo había evitado durante más de cuarenta años, pero algo había cambiado, algo que le dio el valor de ir con la cabeza alta y de estar preparada para contraatacar cualquier reproche que pudiese volver a hacer la familia de Azucena.

«Familia. Como si mereciesen llamarse así», pensaba Marina mientras bebía la tila y esperaba a que Teresa se arreglase.

―No tenemos prisa ―le había dicho―. Me da igual llegar a una hora que a otra.

En realidad, lo que Marina quería decir era «a ver si hay suerte y no nos encontramos con ellos». Y también «da igual cuándo lleguemos porque no sabemos a qué hora van al cementerio».

Teresa entendió todos los significados. Se quitó la camisa, la dejó en el respaldo de la silla que tenían en la habitación y se puso un jersey fino. Se peinó en el baño antes de repasar el pintalabios. Cuando volvió a la cocina, Marina había terminado la tila.

Esa taza sí la metió en el lavavajillas. No estaba pintada a mano, como la otra. No tenía un valor sentimental de cuarenta años de antigüedad. Una taza que usaba únicamente en el cumpleaños de Azucena ―lo seguía celebrando a su manera― y en ese maldito y triste aniversario. Manías. Objetos que representan una vida que pudo ser y no fue.

Antes de salir, Teresa dijo que, a pesar del cielo despejado, había una incómoda brisa fría. Se pusieron los abrigos. Marina, además, se puso un fular de un azul ni claro ni oscuro.

―Estoy harta de esta cremallera ―dijo al intentar cerrar el bolso después de meter el móvil―. Siempre se atasca.

Le dio unos tirones que no funcionaron y tiró el bolso sobre la mesa, sin mucha fuerza. Teresa, sin decir nada, se acercó y, con suavidad, echó la cremallera hacia atrás y otra vez hacia adelante, despacio. La cerró. Puso una mano en la mejilla de Marina y le sonrió. Sabía que el problema no era la cremallera, sino los nervios de lo que podría suceder. Con ese simple gesto, Marina también lo supo.

El cementerio estaba a unos veinte minutos en coche. Conducía Teresa. Callaba Marina. Las manos sobre el bolso. El bolso sobre las piernas. La mirada perdida.

Perdida.

Marina también quería perderse para que algunos recuerdos no la encontrasen. Esos recuerdos con olor a hospital, con sabor a lágrimas, con color de sangre. Un accidente, una llamada, un final. Recuerdos puntuales que no fallaban ningún año en la misma fecha.

Era la primera vez que Marina visitaba la tumba de Azucena el mismo día que se cumplía otro aniversario. Siempre iba unos días antes o unos días después para no encontrarse con ellos.

Este año no. Este año estaba dispuesta a ser visible y a dar la cara.

No notó el aire frío hasta cruzar la verja del pequeño cementerio. Sin darse cuenta, caminó con prisa, como si intentase acelerar el tiempo y lo que tuviese que pasar. Cuando vio a lo lejos que no había nadie delante de la tumba, desaceleró el paso, dejó caer los hombros.

Se giró para saber dónde estaba Teresa. Se había parado curiosa, cotilla, delante de un panteón porque le pareció que había un ataúd que no estaba el año anterior. Era su manera de dar privacidad a Marina en sus conversaciones con Azucena.

Cuando Marina se volvió para seguir hacia la tumba de Azucena, vio que una mujer se detenía allí. Marina se sintió pequeña, débil, vacilante. Su primera reacción, la más natural, fue pararse, pero no lo hizo, o no lo hicieron sus pies, que siguieron caminando para acercarse a la mujer antes de que se marchase.

―Hola.

La mujer, de unos cincuenta años, saludó a Marina al verla parada a pocos metros. Marina devolvió el saludo. De pronto, la mujer sonrió con una alegría inesperada.

―¿Marina?

No hubo respuesta. La cara de perplejidad de Marina dejaba claro que no sabía qué estaba pasando.

―Soy Begoña, la sobrina de Azucena.

Un abrazo que calentó el corazón de Marina y llenó de vida el recuerdo de Azucena.

Pues claro, Begoña.

―¡Pero si eras una chiquilla cuando te conocí!

Una breve conversación para ponerse al día. Marina hizo señas a Teresa para que se acercase.

―Llevo años esperando verte, Marina. No siempre puedo venir, pero tenía la esperanza de encontrarte aquí alguna vez.

―Es la primera vez que vengo el mismo día del aniversario. No quería encontrarme con… Bueno, supongo que, a tu edad, ya conoces la historia.

―Por eso quería verte. Necesitaba decirte que siempre estuve de vuestro lado, que me dolió mucho, muchísimo, cómo te trataron. No tenían ningún derecho. No quisieron ver que ella era muy feliz a tu lado. No lo aceptaron, pero yo sí.

―Gracias. No sabes cuánto necesitaba escucharlo.

Marina no hizo ningún esfuerzo por contener las lágrimas. Abrazó a Begoña.

―Me encanta tu fular ―dijo Teresa.

―Me lo pongo siempre que vengo al cementerio. Un arco iris reivindicativo. A mi abuelo, el padre de Azucena, le enfadaba un montón, pero no dejé de ponérmelo. ―Se fijó en el fular de Marina―. Tú llevas uno azul Marina. Supongo que también como reivindicación.

―¡Te acuerdas! ­―Marina miró a Teresa―. ¿Te he contado alguna vez que fue Begoña quien puso nombre a este color?

―Cosas de niñas ―dijo Begoña―. Las vi llegar juntas una tarde de principio de otoño. Marina llevaba una chaqueta de ese color azul, ni claro ni oscuro. Azucena lo llevaba en los pantalones. Les dije que tenía su nombre: Azu y Marina. Azul Marina. Una tontería infantil, pero les hizo mucha gracia. ―Begoña desabrochó su abrigo para mostrar su camisa­―. También traigo vuestro color cada año.

Cuando se marcharon, no se dieron cuenta de que al lado de la tumba de Azucena brotaba una pequeña flor de color Azul Marina.


Isabel Veiga López

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Dos libros (Volver a entender, A Friend of Dorothy Again), dos marcapáginas, en la arena, al lado de una estrella de mar.

2 Comentarios

  • EDUARDO TORRALVO HERNANDEZ

    Emocionante relato. Bien retratados los sentimientos que tiene la protagonista, la lágrima que lucha por salir reprimida por una dosis de valentía con la que se va a enfrentar a esa situación dolorosa, que está dispuesta a derrotar en ese día.

    Felicidades, Isabel.

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