En el mejor momento

En el mejor momento

Ayer por la mañana firmamos el divorcio.

Ayer por la noche me dijo que había sido un error, que no debería haber firmado.

¡Ja! Pues claro que ha sido un error, pero sólo para él. Yo estoy más contenta que unas castañuelas. Ole, ole y ole mi buena suerte, que ya era hora, coño.

La firma no pudo ser en mejor momento. Y mira que estuve a puntito de retrasarla para hoy, pero fue ayer, menos mal. Si hubiese sido hoy, me estaría tirando de los pelos por la rabia, pero fue ayer y me duelen la barriga y la mandíbula de tanto reír.

¡Venga otra copa de ese champán caro!

La actitud de mi ex ―qué gusto me da llamarle ex, se me llena la boca con solo dos letras― era la de siempre a la hora de la firma: arrogante, convencido de tener autoridad sobre mis emociones. ¿No va el muy imbécil y me ofrece un pañuelo? Como te lo cuento.

―Toma, que se nota que vas a llorar.

―Sí, de risa por perderte de vista― le respondí muy empoderada.

Me hacía la fuerte, lo admito. En realidad, llevaba tiempo asustada ante el mal futuro que tenía ante mí. Sin trabajo y con una nueva vida en solitario, el panorama no pintaba nada bien.

Pero por la noche, ah, por la noche el tono de mi ex en sus mensajes era muy diferente. Que si estuvo mirando fotos y le trajeron recuerdos, que si sentía nostalgia por aquellos tiempos, que si estaba dispuesto a darme otra oportunidad.

Nostalgia, mis ovarios. Tengo que reconocer que el muy imbécil le echó unos huevazos como catedrales para escribirme fingiendo que no sabía nada de lo que me había pasado unas horas después del divorcio. «Darme otra oportunidad», lo que hay que leer. ¿Otra oportunidad de qué? ¿Para qué? ¿Para ser ignorada, utilizada? No, gracias. El que quiere otra oportunidad es él. Concretamente, quiere doscientas mil oportunidades. Pues que se olvide.

Quise enviarle un audio mandándole a la porra, pero sólo me salieron carcajadas y más carcajadas. No podía ni hablar. Me dio la risa tonta.

Después de cómo me trató estos dos últimos años, que incluso se alegró cuando me despidieron porque creyó que le iba a suplicar que no me dejase y que él tenía el control sobre mi vida, resulta que ayer por la tarde me llaman del programa de radio, de ese que regala dinero sólo por contestar, el de Dime que he ganado.

¡Doscientos mil euros! ¡Para mí solita! ¡Sólo para mí! Y libres de impuestos y de exmaridos.

¡Más champán, que tengo mucho que celebrar!

No me lo podía creer. Había acompañado a mi hermana a recoger a su hija al colegio. Allí, mientras esperábamos, me sonó el móvil. Si no fuese porque me escuché después en la radio, ni recordaría lo que dije.

Me habría encantado ver la cara de mi ex cuando se enteró.

Hace un rato, cuando pude dejar de reír, le mandé una foto mía en el concesionario comprándome ese coche tan caro y que tanto nos gustaba a los dos ―para alimentar su «nostalgia», sin rencor― y otro audio diciendo que le enviaría un paquete de pañuelos porque se le notaba que estaba llorando. A generosa no me gana nadie.

No me contestó.

Nota: Este pequeño relato está basado en una historia real. Sucedió en Inglaterra a mediados de 2024. El programa de radio Make Me A Winner hizo su llamada diaria y contestó una mujer que dijo que había firmado el divorcio esa misma mañana. Apenas podía hablar. El resto es imaginación de la autora.

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